Un ateo es un integrista de la nada. Suena ridículo, ¿no?

Un fanático religioso es alguien que piensa que los hombres están equivocados. Duda, pues, de los hombres.

Un ateo duda de la palabra de Dios.

Hasta el momento no conozco a Dios personalmente, y quizás por eso le doy un margen de confianza.

De los hombres, por contra, creo que tengo razones suficientes como para dudar.

Jesucristo fue un hombre que se dejó subir a una cruz porque era como uno de esos chicos más valientes que se encaraman a la valla de un huerto para demostrarte que puedes pasar al otro lado y comer toda la fruta que te apetezca. La imagen que le queda a un ateo de eso es bastante penosa, claro, porque lo último que ve es al chico haciendo equilibrios entre un lado y otro del murete, presto a descalabrarse. Un cristiano se lo imagina poniéndose morado a sandías y melocotones frescos.

El ateo piensa que lo que debería hacer Jesús es lanzar melocotones desde el otro lado de la valla. Entonces, se los comería tranquilamente. Los ateos son unos listos. Los cristianos piensan que ya que el otro ha dado el salto, lo menos que pueden hacer si quieren comer fruta es hacer lo mismo.

Si se jugaran la existencia de Dios a un partido de fútbol, los ateos jugarían con diez defensas y un delantero centro, al que jamás le echarían una bola, tal es su desconfianza. Irían a empatar a cero.

Los cristianos, viendo esa actitud, tampoco se molestarían en atacar mucho. Los cristisnos están convencidos de que los partidos se deciden en la prórroga.